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Swingers El detrás de escena – Relato de una infiltrada

Swingers – El detrás de escena

Cómo se hizo la historia que llevó a la periodista hasta un club de intercambio de parejas.

Por Gabriela Wiener

Escribí “Dame el tuyo, toma el mío” en Barcelona, varias semanas después de haber visitado un club swinger.

Antecedentes

La crónica en primera persona sobre los lugares de intercambio de parejas era un viejo proyecto de Etiqueta Negra. Hasta que me fui, en Lima no existía un solo club liberal, por lo que contar la experiencia seguía siendo un tema pendiente para el periodismo local, sobre todo para ese periodismo llamado “de inmersión” o gonzo. Julio Villanueva me había comentado alguna vez, a raíz de un número de EN dedicado al sexo, su deseo todavía insatisfecho de encargar esa historia a alguien que estuviera fuera del Perú. Por mi parte, había publicado en el suplemento dominical donde trabajaba, un informe sobre un supuesto “boom swinger” en Latinoamérica, era una de esas notas que por abarcar todo no abarcan nada y que incluía pinceladas de la filosofía swinger, opiniones, tips extraídos del google y unos pocos dudosos testimonios, todo lo cual estaba dicho en un tono entre jocoso y celebratorio. La conclusión era triste pero orgullosa: que en Lima no necesitábamos de locales especializados para vivir la vida porque cada quien se apañaba como podía: había vida swinger en Lima pero discurría en fiestas privadas y reuniones de amigos. Poco después, me fui a estudiar a Barcelona. Con una industria porno nada despreciable, un mega festival erótico, y espacios que eran verdaderos paraísos para gays, lesbianas, sadomasoquistas y toda fauna inimaginable, BCN emergía como ciudad liberal sin complejos. Julio y yo volvimos a discutir la posibilidad de escribir sobre los swingers, pieza importante del mosaico Gaudí.

Planeamiento

Empezamos con una lista de todo lo que no queríamos hacer:

1. No queríamos hacer un panegírico del estilo de vida swinger, por más que en primera instancia yo simpatizara con los intercambios. Queríamos darle la vuelta a la deslustrada “historia de sexo” escrita por un periodista de ideas liberales.

(Por coincidencia o no sé qué, en esos días se publicaron sendas crónicas sobre swingers en un par de revistas de la competencia. Ambas estaban escritas por hombres. La primera era la típica historia del periodista infiltrado, que se moja pero sólo hasta que ya tiene algo que contar, y luego escribe de vuelta de todo, afirmando con alegría sus convicciones burguesas. La segunda me gustaba un poco más, era la crónica del periodista alérgico, alguien que no se moja ni se mojará, pero cuyo desencanto radical hace divertida a la ignorancia y a la virulencia entrañable, como si escucharas a tu abuelo hablar de la clonación. Nosotros no queríamos hacer nada parecido).

2. No queríamos caer en el pintoresquismo, tratándolos como simpáticos freaks que nos abren la puerta de su exótico mundo.

3. Tampoco queríamos contar la historia de una tribu urbana, la de los swingers, escrita en clave antropológica para darle voz a los sin voz.

4. No podía ser aburrida pero tampoco masturbatoria.

Finalmente hicimos una somera lista de lo que en principio, sí queríamos:

1. Un testimonio descarnado de mi visita a swingerlandia al lado de mi flamante esposo. Iríamos como lo que éramos: una pareja, no como periodistas fisgones. Esta fue una iniciativa mía y conversada en pareja pero que obviamente tenía un costo emocional para mí.

2. Una guía rigurosa de todo lo que puede o no encontrarse en un club de parejas liberales: ideología, ambiente, personajes, chismes, anécdotas. La erudición Etiqueta.

3. Una crónica-ensayo que estuviera insertada de reflexiones y citas, que profundizara en la dinámica del intercambio, que hablara de esta edificante “alternativa a la infidelidad” que defienden los swingers, pero que no tuviera pelos en la lengua cuando se tratara de cuestionar, por ejemplo, su esnobismo, su artificialidad o su mercadeo. Una puesta en escena de las razones del sexo colectivo como salida a la infelicidad, lo banal convertido en oro o los falsos paraísos prometidos a quienes viven el paso de los años y la extinción del placer como un viaje desesperado. Los swingers serían un pretexto para ensayar una hipótesis sobre la pareja contemporánea, sobre el amor, el sexo y el género humano en el siglo XXI, ya muy lejos de la revolución sexual de los setenta.

Mi plan de reporteo fue el siguiente: una semana de visitas a un club swinger donde entraría como cualquier cliente para intercambiar a mi pareja y conversar distendidamente con otros swingers. Una sola visita convencional de periodista a algún otro club, en la que aprovecharía para entrevistar a los dueños, además de tomar fotografías. Otras entrevistas planeadas fueron: una al encargado de una web de parejas liberales y un sexshop, y otra al director de una revista de contactos swingers. Finalmente, me serviría de los chats de parejas para conseguir alguna cita o fiesta privada, colgaría una fotografía nuestra, ofreciéndonos como suelen hacer las parejas swingers. Ésta último era una muy buena idea pero tuve que abortarla pues los contactos comenzaron a funcionar muy tarde. El resto del plan se cumplió a las mil maravillas.

En ese lapso, visité webs, librerías eróticas, bibliotecas, archivos personales, para recopilar información sobre este mundo, que no era tarea fácil pues hay muy poco editado al respecto. Tuve a mano a Bataille o Sade, y sus visiones de la orgía y lo erótico. Tuve presente a los franceses, a Catherine Millet para mis confesiones y a Michael Houellebecq para mis predicciones apocalípticas y mala onda general. Indagué especialmente en la movida swinger internacional, sobre todo europea y en Latinoamérica, estudiando especialmente el caso argentino (donde los swinger están sindicalizados). La idea era montarlo de tal manera que la información fluyera a través de la narración.

En el lugar de los hechos

Visité por primera vez el club de parejas liberales 6&9 un día jueves de semana santa. No nos dimos cuenta del error hasta que entramos al lugar y quedó claro que no sólo éramos los primerizos sino también los primeros. ¿Eran tan católicos los catalanes? Ahí estábamos mi pareja y yo, solos y dispuestos, ante una película pornográfica y un vaso de vodka. Así empieza la crónica: con el autorretrato de nuestro nerviosismo mientras paseamos por las instalaciones desiertas del 6&9 en compañía de la anfitriona del lugar. Decidí que no podía contar dos veces el mismo recorrido, así que cuando lo describo, lo hago como lo vi poco después: la gran cama, las cincuenta parejas abrazadas sobre las sábanas, el jacuzzi ocupado.

Pero la crónica se inicia realmente en mi habitación, cuando estoy vistiéndome y maquillándome para salir. Mientras me preparaba -lo que incluyó una depilación total, lencería apropiada y una sexi minifalda- era conciente de que lo hacía para seducir y de que en ese momento ya empezaba mi noche swinger. Era curiosa la sensación de estar junto a mi pareja y sin embargo, arreglarme abiertamente para ligar con otro u otros hombres. De esas paradojas está llena esta primera parte.

Mientras íbamos entendiendo la mecánica del 6&9, llegaron las parejas que no creían en el jueves santo. La parte más complicada fue reemplazar el desconcierto y el sentimiento de profundo ridículo, por morbo y deseos de tener sexo. Esta transformación está presente en toda la crónica. Teníamos que estar desnudos e insinuarnos a gente desconocida, sin abusar del alcohol, pues aunque es difícil de creer, yo estaba persiguiendo un reportaje. Teníamos que compartir el jacuzzi, vestirnos delante de todos, tocar y dejarnos tocar por placer.

Fue muy importante cambiar de lugar, siguiendo el movimiento de las parejas; también lo fue conversar con la gente haciendo énfasis en que éramos primerizos (lo que era cierto), eso hizo que actuaran con nosotros un poco paternalistamente y que nos contaran sus secretos como dándonos consejos, sobre todo la pareja con la que al final consumaríamos una especie de intercambio. Debíamos ser como los swingers sin serlo realmente, apelar a ese lado “liberal” que en definitiva teníamos y que se estaba realizando de golpe, pero con delicadeza, sin herirnos el uno al otro, y siendo muy cuidadosos para no ser descubiertos.

Éticamente hablando, esta manera de hacer periodismo no tiene una sola justificación. Aquí va la mía: En ese momento y en el lugar de los hechos, sé que la única forma de ser fiel al espíritu y realidad de esta historia o de cualquier otra, es dejarme llevar por el azar, fluir con las situaciones y las personas, de una manera que no podría si lo hiciera presentándome como periodista. Por eso era tan importante que al exhibir la vida y experiencia de los swingers, exhibiera también mi propia intimidad. Que se viera mi desnudez, mi ridículo, mis miedos y complejos, mis celos, pero también mi curiosidad, mis fantasías y mi morbo. Digamos que es el costo de ser testigo y parte, si iba a entrometerme tenía que hacerlo hasta el final, y cada cosa que dijera de los swingers también sería algo que podría decir de mí misma.

Alguien podría decir que esta crónica trata más de mí que de los swingers. Y no estaría tan equivocado.

El texto

En realidad, yo no quería escribir sólo un artículo desinhibido sobre sexo para calentar al lector, quería dar una verdadera tesis sobre los swingers. Quise esconderme detrás de un montón de citas cultas y sentencias pomposas que fueron rápidamente detectadas y podadas por mis editores. Creo que fue una muestra tardía de pudor pero pudor al fin. Sergio Vilela, quien se encargó de la edición última y de dialogar conmigo en esta fase, me acusó de querer “intelectualizar” la crónica. Esa fue la primera crisis pero salimos airosos. Al reducir las citas el texto por fin se centró.

Como en otras experiencias con Etiqueta Negra, Vilela me envió una versión editada en la que señalaba las partes donde según él faltaba intensidad, calidad de detalles, adjetivos, etc. Yo iba aceptando sugerencias y rechazando otras y proponiendo algunas más. Lo que quedó fue la historia personal, el retrato de los swingers y las reflexiones que me generaban. Descartamos las entrevistas al director de la revista y al de la web. También hubo mucha discusión sobre el arranque y fuimos descartando escenas hasta que la acción naturalmente se centró en nosotros.

J, mi marido real, fue un contrapunto muy importante en el artículo, su ambigüedad ante el tema fue un recurso que exploté al máximo, y fue evolucionando –dentro y fuera del artículo- de la oposición a la implicación -casi sacrificada- por lo que los momentos más intensos de la crónica se deben justamente al juego de marchas y contramarchas que se da entre nosotros, alrededor de temas tan incómodos y conflictivos como los celos y la infidelidad, creo que con absoluta honestidad y naturalidad, de ahí que mucha gente que leyó el artículo lo sintiera tan cercano.

Cuando se publicó la historia, muchos colegas periodistas me preguntaron si no me lo había inventado todo. A fecha de hoy mi madre sigue pensando que escribí una ficción. Mejor no desengañarlos.

Dame el tuyo, toma el mío

Aventuras en un club de intercambio de parejas

En un mundo en el que todo se compra y se vende y ya casi nada se intercambia, los swingers ofrecen a sus parejas y esperan reciprocidad como una vacuna contra la infidelidad con engaños. Pero lo que sucede adentro de un club de esta clase no se parece tanto a esa utopía de la libertad sexual que quieren vender los políticos swingers. Bienvenidos a otra sociedad que puede ser tan decepcionante y discriminadora como tan placentera y secreta.

Una experiencia de Gabriela Wiener (y Cía.) | No. 14

Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Hay que tocar el intercomunicador. Deben estar viéndonos por una cámara. Nos abre un sujeto pigmeo y con cara de aburrido que dice que la entrada doble cuesta treinta y cinco euros. Vengan por aquí. Toman la posta dos mujeres atractivas, las relacionistas públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos los primeros, maldita sea. Son las once de la noche de un jueves en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas de hoy, con acento sevillano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas parecidas a las mías. No es una anfitriona más: es la dueña del 6&9. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años.

Esta noche es una promesa intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otro club como el Limousine, que se repleta de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir a jóvenes de clase media que todavía no veo por ninguna parte. En mi encuesta previa lo habían calificado además de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a favor del 6&9 cuando decidimos venir. Seguimos a la anfitriona sevillana en un recorrido relámpago que tiene por finalidad describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella: aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para los casilleros se pide en la barra y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez, pero que a esta hora aún luce vacante. Justo enfrente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, y más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.

–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.

Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.

–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.

–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.

No me froto las manos, no trago saliva. Sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.

Llevo aquí una hora y lo único que he intercambiado son cigarrillos. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me había pasado toda la tarde preparándome como una novia para su boda y seguir al pie de la letra las instrucciones del anuncio del 6&9: «Chicas, por favor, con ropa sexy». Me ceñí una súper minifalda negra con pliegues, cortesía de mi mejor amiga, una ex sadomasoquista. Me puse una blusa escotada del mismo color y unas botas altas que hacían ver apetecibles mis muslos flacos. Opté por la depilación total. Se la enseñé a J. Me dio la impresión de que al ver lo explícito de mis argumentos, él recién se tomó en serio adónde íbamos y para qué. La gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en la web de la North American Swing Clubs Association (Nasca) que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas bajo la atenta mirada de tu consorte, evitas sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Según la misma asociación, más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada, entonces, como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso, este adulterio vigilado.