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Archivo para la categoría ‘Experiencias de infiltrados en el mundo Swinger’

Swingers El detrás de escena – Relato de una infiltrada

Swingers – El detrás de escena

Cómo se hizo la historia que llevó a la periodista hasta un club de intercambio de parejas.

Por Gabriela Wiener

Escribí “Dame el tuyo, toma el mío” en Barcelona, varias semanas después de haber visitado un club swinger.

Antecedentes

La crónica en primera persona sobre los lugares de intercambio de parejas era un viejo proyecto de Etiqueta Negra. Hasta que me fui, en Lima no existía un solo club liberal, por lo que contar la experiencia seguía siendo un tema pendiente para el periodismo local, sobre todo para ese periodismo llamado “de inmersión” o gonzo. Julio Villanueva me había comentado alguna vez, a raíz de un número de EN dedicado al sexo, su deseo todavía insatisfecho de encargar esa historia a alguien que estuviera fuera del Perú. Por mi parte, había publicado en el suplemento dominical donde trabajaba, un informe sobre un supuesto “boom swinger” en Latinoamérica, era una de esas notas que por abarcar todo no abarcan nada y que incluía pinceladas de la filosofía swinger, opiniones, tips extraídos del google y unos pocos dudosos testimonios, todo lo cual estaba dicho en un tono entre jocoso y celebratorio. La conclusión era triste pero orgullosa: que en Lima no necesitábamos de locales especializados para vivir la vida porque cada quien se apañaba como podía: había vida swinger en Lima pero discurría en fiestas privadas y reuniones de amigos. Poco después, me fui a estudiar a Barcelona. Con una industria porno nada despreciable, un mega festival erótico, y espacios que eran verdaderos paraísos para gays, lesbianas, sadomasoquistas y toda fauna inimaginable, BCN emergía como ciudad liberal sin complejos. Julio y yo volvimos a discutir la posibilidad de escribir sobre los swingers, pieza importante del mosaico Gaudí.

Planeamiento

Empezamos con una lista de todo lo que no queríamos hacer:

1. No queríamos hacer un panegírico del estilo de vida swinger, por más que en primera instancia yo simpatizara con los intercambios. Queríamos darle la vuelta a la deslustrada “historia de sexo” escrita por un periodista de ideas liberales.

(Por coincidencia o no sé qué, en esos días se publicaron sendas crónicas sobre swingers en un par de revistas de la competencia. Ambas estaban escritas por hombres. La primera era la típica historia del periodista infiltrado, que se moja pero sólo hasta que ya tiene algo que contar, y luego escribe de vuelta de todo, afirmando con alegría sus convicciones burguesas. La segunda me gustaba un poco más, era la crónica del periodista alérgico, alguien que no se moja ni se mojará, pero cuyo desencanto radical hace divertida a la ignorancia y a la virulencia entrañable, como si escucharas a tu abuelo hablar de la clonación. Nosotros no queríamos hacer nada parecido).

2. No queríamos caer en el pintoresquismo, tratándolos como simpáticos freaks que nos abren la puerta de su exótico mundo.

3. Tampoco queríamos contar la historia de una tribu urbana, la de los swingers, escrita en clave antropológica para darle voz a los sin voz.

4. No podía ser aburrida pero tampoco masturbatoria.

Finalmente hicimos una somera lista de lo que en principio, sí queríamos:

1. Un testimonio descarnado de mi visita a swingerlandia al lado de mi flamante esposo. Iríamos como lo que éramos: una pareja, no como periodistas fisgones. Esta fue una iniciativa mía y conversada en pareja pero que obviamente tenía un costo emocional para mí.

2. Una guía rigurosa de todo lo que puede o no encontrarse en un club de parejas liberales: ideología, ambiente, personajes, chismes, anécdotas. La erudición Etiqueta.

3. Una crónica-ensayo que estuviera insertada de reflexiones y citas, que profundizara en la dinámica del intercambio, que hablara de esta edificante “alternativa a la infidelidad” que defienden los swingers, pero que no tuviera pelos en la lengua cuando se tratara de cuestionar, por ejemplo, su esnobismo, su artificialidad o su mercadeo. Una puesta en escena de las razones del sexo colectivo como salida a la infelicidad, lo banal convertido en oro o los falsos paraísos prometidos a quienes viven el paso de los años y la extinción del placer como un viaje desesperado. Los swingers serían un pretexto para ensayar una hipótesis sobre la pareja contemporánea, sobre el amor, el sexo y el género humano en el siglo XXI, ya muy lejos de la revolución sexual de los setenta.

Mi plan de reporteo fue el siguiente: una semana de visitas a un club swinger donde entraría como cualquier cliente para intercambiar a mi pareja y conversar distendidamente con otros swingers. Una sola visita convencional de periodista a algún otro club, en la que aprovecharía para entrevistar a los dueños, además de tomar fotografías. Otras entrevistas planeadas fueron: una al encargado de una web de parejas liberales y un sexshop, y otra al director de una revista de contactos swingers. Finalmente, me serviría de los chats de parejas para conseguir alguna cita o fiesta privada, colgaría una fotografía nuestra, ofreciéndonos como suelen hacer las parejas swingers. Ésta último era una muy buena idea pero tuve que abortarla pues los contactos comenzaron a funcionar muy tarde. El resto del plan se cumplió a las mil maravillas.

En ese lapso, visité webs, librerías eróticas, bibliotecas, archivos personales, para recopilar información sobre este mundo, que no era tarea fácil pues hay muy poco editado al respecto. Tuve a mano a Bataille o Sade, y sus visiones de la orgía y lo erótico. Tuve presente a los franceses, a Catherine Millet para mis confesiones y a Michael Houellebecq para mis predicciones apocalípticas y mala onda general. Indagué especialmente en la movida swinger internacional, sobre todo europea y en Latinoamérica, estudiando especialmente el caso argentino (donde los swinger están sindicalizados). La idea era montarlo de tal manera que la información fluyera a través de la narración.

En el lugar de los hechos

Visité por primera vez el club de parejas liberales 6&9 un día jueves de semana santa. No nos dimos cuenta del error hasta que entramos al lugar y quedó claro que no sólo éramos los primerizos sino también los primeros. ¿Eran tan católicos los catalanes? Ahí estábamos mi pareja y yo, solos y dispuestos, ante una película pornográfica y un vaso de vodka. Así empieza la crónica: con el autorretrato de nuestro nerviosismo mientras paseamos por las instalaciones desiertas del 6&9 en compañía de la anfitriona del lugar. Decidí que no podía contar dos veces el mismo recorrido, así que cuando lo describo, lo hago como lo vi poco después: la gran cama, las cincuenta parejas abrazadas sobre las sábanas, el jacuzzi ocupado.

Pero la crónica se inicia realmente en mi habitación, cuando estoy vistiéndome y maquillándome para salir. Mientras me preparaba -lo que incluyó una depilación total, lencería apropiada y una sexi minifalda- era conciente de que lo hacía para seducir y de que en ese momento ya empezaba mi noche swinger. Era curiosa la sensación de estar junto a mi pareja y sin embargo, arreglarme abiertamente para ligar con otro u otros hombres. De esas paradojas está llena esta primera parte.

Mientras íbamos entendiendo la mecánica del 6&9, llegaron las parejas que no creían en el jueves santo. La parte más complicada fue reemplazar el desconcierto y el sentimiento de profundo ridículo, por morbo y deseos de tener sexo. Esta transformación está presente en toda la crónica. Teníamos que estar desnudos e insinuarnos a gente desconocida, sin abusar del alcohol, pues aunque es difícil de creer, yo estaba persiguiendo un reportaje. Teníamos que compartir el jacuzzi, vestirnos delante de todos, tocar y dejarnos tocar por placer.

Fue muy importante cambiar de lugar, siguiendo el movimiento de las parejas; también lo fue conversar con la gente haciendo énfasis en que éramos primerizos (lo que era cierto), eso hizo que actuaran con nosotros un poco paternalistamente y que nos contaran sus secretos como dándonos consejos, sobre todo la pareja con la que al final consumaríamos una especie de intercambio. Debíamos ser como los swingers sin serlo realmente, apelar a ese lado “liberal” que en definitiva teníamos y que se estaba realizando de golpe, pero con delicadeza, sin herirnos el uno al otro, y siendo muy cuidadosos para no ser descubiertos.

Éticamente hablando, esta manera de hacer periodismo no tiene una sola justificación. Aquí va la mía: En ese momento y en el lugar de los hechos, sé que la única forma de ser fiel al espíritu y realidad de esta historia o de cualquier otra, es dejarme llevar por el azar, fluir con las situaciones y las personas, de una manera que no podría si lo hiciera presentándome como periodista. Por eso era tan importante que al exhibir la vida y experiencia de los swingers, exhibiera también mi propia intimidad. Que se viera mi desnudez, mi ridículo, mis miedos y complejos, mis celos, pero también mi curiosidad, mis fantasías y mi morbo. Digamos que es el costo de ser testigo y parte, si iba a entrometerme tenía que hacerlo hasta el final, y cada cosa que dijera de los swingers también sería algo que podría decir de mí misma.

Alguien podría decir que esta crónica trata más de mí que de los swingers. Y no estaría tan equivocado.

El texto

En realidad, yo no quería escribir sólo un artículo desinhibido sobre sexo para calentar al lector, quería dar una verdadera tesis sobre los swingers. Quise esconderme detrás de un montón de citas cultas y sentencias pomposas que fueron rápidamente detectadas y podadas por mis editores. Creo que fue una muestra tardía de pudor pero pudor al fin. Sergio Vilela, quien se encargó de la edición última y de dialogar conmigo en esta fase, me acusó de querer “intelectualizar” la crónica. Esa fue la primera crisis pero salimos airosos. Al reducir las citas el texto por fin se centró.

Como en otras experiencias con Etiqueta Negra, Vilela me envió una versión editada en la que señalaba las partes donde según él faltaba intensidad, calidad de detalles, adjetivos, etc. Yo iba aceptando sugerencias y rechazando otras y proponiendo algunas más. Lo que quedó fue la historia personal, el retrato de los swingers y las reflexiones que me generaban. Descartamos las entrevistas al director de la revista y al de la web. También hubo mucha discusión sobre el arranque y fuimos descartando escenas hasta que la acción naturalmente se centró en nosotros.

J, mi marido real, fue un contrapunto muy importante en el artículo, su ambigüedad ante el tema fue un recurso que exploté al máximo, y fue evolucionando –dentro y fuera del artículo- de la oposición a la implicación -casi sacrificada- por lo que los momentos más intensos de la crónica se deben justamente al juego de marchas y contramarchas que se da entre nosotros, alrededor de temas tan incómodos y conflictivos como los celos y la infidelidad, creo que con absoluta honestidad y naturalidad, de ahí que mucha gente que leyó el artículo lo sintiera tan cercano.

Cuando se publicó la historia, muchos colegas periodistas me preguntaron si no me lo había inventado todo. A fecha de hoy mi madre sigue pensando que escribí una ficción. Mejor no desengañarlos.

Dame el tuyo, toma el mío

Aventuras en un club de intercambio de parejas

En un mundo en el que todo se compra y se vende y ya casi nada se intercambia, los swingers ofrecen a sus parejas y esperan reciprocidad como una vacuna contra la infidelidad con engaños. Pero lo que sucede adentro de un club de esta clase no se parece tanto a esa utopía de la libertad sexual que quieren vender los políticos swingers. Bienvenidos a otra sociedad que puede ser tan decepcionante y discriminadora como tan placentera y secreta.

Una experiencia de Gabriela Wiener (y Cía.) | No. 14

Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Hay que tocar el intercomunicador. Deben estar viéndonos por una cámara. Nos abre un sujeto pigmeo y con cara de aburrido que dice que la entrada doble cuesta treinta y cinco euros. Vengan por aquí. Toman la posta dos mujeres atractivas, las relacionistas públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos los primeros, maldita sea. Son las once de la noche de un jueves en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas de hoy, con acento sevillano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas parecidas a las mías. No es una anfitriona más: es la dueña del 6&9. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años.

Esta noche es una promesa intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otro club como el Limousine, que se repleta de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir a jóvenes de clase media que todavía no veo por ninguna parte. En mi encuesta previa lo habían calificado además de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a favor del 6&9 cuando decidimos venir. Seguimos a la anfitriona sevillana en un recorrido relámpago que tiene por finalidad describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella: aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para los casilleros se pide en la barra y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez, pero que a esta hora aún luce vacante. Justo enfrente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, y más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.

–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.

Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.

–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.

–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.

No me froto las manos, no trago saliva. Sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.

Llevo aquí una hora y lo único que he intercambiado son cigarrillos. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me había pasado toda la tarde preparándome como una novia para su boda y seguir al pie de la letra las instrucciones del anuncio del 6&9: «Chicas, por favor, con ropa sexy». Me ceñí una súper minifalda negra con pliegues, cortesía de mi mejor amiga, una ex sadomasoquista. Me puse una blusa escotada del mismo color y unas botas altas que hacían ver apetecibles mis muslos flacos. Opté por la depilación total. Se la enseñé a J. Me dio la impresión de que al ver lo explícito de mis argumentos, él recién se tomó en serio adónde íbamos y para qué. La gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en la web de la North American Swing Clubs Association (Nasca) que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas bajo la atenta mirada de tu consorte, evitas sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Según la misma asociación, más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada, entonces, como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso, este adulterio vigilado.

Yo sobreviví a los Swinger – Relato de un infiltrado

 Yo sobreviví a los swingers

 

Posted: 9 Junio 2010 by cronicasperiodisticas in Carlos Martínez

Extraido de: http://cronicasperiodisticas.wordpress.com

 

“Peregrino: Dicho de una persona: Que anda por tierras extrañas”. DRAE

No es aún la medianoche y la fiesta ya ardió. Este es un jardín bien cuidado. Un muro largo y blanco sirve de telón para proyectar un concierto furioso de los Kumbia Kings. Sobre las mesas queda el desparpajo de platos arrasados y casi una veintena de personas bailan y se pasean con vasos en las manos. Unas antorchas alumbran las esquinas. La luna está desnuda hoy, y se ha sentado en su butaca con los ojos bien abiertos. Si brilla tanto será porque no se quiere perder nada. Ya no se mira a nadie con la ropa puesta.

* * *

“Toc, toc, toc”, sonó el celular, anunciando que había llegado un mensaje. Era de Demián: “Bueno, es a partir de las 7:30, cada quien lleva lo que va a tomar y la protección y la chica”. El Peregrino prendió un cigarro y entendió por qué se volvió tan popular aquella antigua ocurrencia que sentencia que no es lo mismo llamarla que verla venir.

Se descubrió cobarde, como cuando siendo joven, parado sobre un tatami, se sentía estúpido con ese uniforme de karate, a punto de recibir una paliza voluntaria a manos -y pies- de un desconocido que, invariablemente, lo aporreaba sin clemencia. Era exactamente la misma sensación, calcada: los segundos estiraaaados, laaaargos, antes de que un árbitro dijera algo en japonés que desencadenaría una andanada de patadas voladoras. Miedo. Miedo ácido y frío en el cielo de la boca, como una hojuela metálica, acompañada de la misma pregunta: “¿Qué estoy haciendo aquí?” Y una añoranza infinita de todos los lugares en los que no estaba. Pero al menos en aquel recuerdo todo quedaba claro para él: tenía miedo de que ese tipo que estaba del otro lado del tatami le hiciera desaparecer la nariz de un puñetazo, o le sacara el estómago por la boca, de una patada. Del cigarro sólo quedaba una brasita que no le alcanzó para llegar a entender su propio susto. Soltó una bocanada de humo que se perdió en la noche. Eran casi las ocho.

* * *

De El Peregrino sabemos que desde que apareció la posibilidad de participar en estas fiestecillas se puso a hacer abdominales y a mirarse más de la cuenta en un espejito diminuto que colgaba tan alto de una pared, que nunca le permitió comprobar el fruto de sus esfuerzos. Sabemos también que había acariciado, durante años, el encuentro con esta comunidad clandestina de gentes que tienen fama de barajar besos y sudores; unos tipos que dieron con la alquimia mágica al responder esta pregunta: ¿cómo se hace para tener sexo con mucha gente sin escondérselo a tu pareja y sin que esta se moleste? Se llaman a sí mismos swingers, que en español tiene una traducción difícil de atrapar con una sola palabra. El verbo que les da origen vendría siendo una combinación de “balancear”, “hamacar”, “columpiar” o “mecer”; aunque quizá la palabra más transversal y zurcidora sería “pendular”. De modo que a este movimiento de alquimistas bien podríamos llamarlos, en la lengua de Cervantes, “los pendulantes”. A El Peregrino le parecía que su invento era uno de los más complejos e importantes desde que un científico inventó la penicilina y, de hecho, no apareció mucho después del hallazgo de este antibiótico.

Terry Gould es un periodista investigativo, canadiense, sesudo y oficioso, que se ha ganado un saco de premios importantes por sus piezas sobre el crimen organizado y violencia. Resulta que Gould -que da talleres a oficiales de cuerpos de seguridad para que aprendan a conseguir informantes- publicó en 1999 un librito bastardo que se llama “Estilo de vida: un vistazo de los ritos eróticos de los swingers”. En téminos de temática, la única conexión con la mayor parte de su obra tal vez sea que en ese libro también aparecen fuerzas del orden. Militares, para ser precisos… intercambiando a sus esposas. Gould concluyó que el inicio del movimiento swinger tuvo lugar en medio la segunda guerra mundial. Y que fueron los pilotos de la armada estadounidense los patriarcas. En la versión más romántica, la práctica fue el resultado de la preocupación de los aviadores por dejar a sus esposas desamparadas en caso de que sus naves fueran derribadas. De modo que sellaban una especie de pacto de honor con sus colegas cambiando esposas, en el acuerdo que el sobreviviente velaría por la viuda como si fuera su propia cónyuge. En la versión más mundana, los astutos pilotos norteamericanos simplemente no quisieron quedarse con las ganas de probar a la mujer del prójimo. Demián parece más cercano a esta corriente.

“Mirá -le había explicado a -El Peregrino en su primera cita-, la verdad que a nosotros lo que nos gusta es ¡cogeeeer!”. Y el otro escuchó su respuesta poniendo su mejor cara de Larry King, sintiendo que ahora sí había entendido más o menos de qué iba la cosa.

Como hemos dicho, El Peregrino había perseguido durante años a los swingers. Escribió correos a algunas de las más de 4 mil respuestas que ofrece google a la búsqueda “swingers en El Salvador”. Alguna vez subió incluso una foto suya, acompañado de una chica bonita como anzuelo. Nada. En respuesta recibió el silencio y una cantidad importante de virulentos spams en su correo electrónico. Realizó incluso algunos pininos en homenaje a los señores “pendulantes” y llegó a la conclusión de que en su país, enano y rancio, la existencia de esta logia sería imposible. De todas formas los pininos no estaban mal.

Tras varios años de imitaciones apócrifas y como se suelen encontrar las mejores cosas, los halló sin buscar. En horas laborales los encontró. Terminaba una entrevista con una fuente -habrá que decir que nuestro personaje ha conseguido trabajo de periodista en un periodiquillo sibarita muy mal visto por algunos círculos de su país- cuando apareció la primera posibilidad. Su fuente era una chica morena, de ojos afilados y lengua brutal. Ella, dijo, tenía el teléfono de un señor que aseguraba ser un alquimista salvadoreño, cuyo contacto guardaba con un seudónimo misterioso… Quedaron en que ella preguntaría si el tipo toleraría una conversación con un reportero. Esa misma tarde había una respuesta: sí, sí lo toleraría.

Como a muchos sobre los que Stanley Kubrick perpetró su enajenante influencia por medio de la película Eyes wide shut, El Peregrino había construido en su cabeza un escenario con modelos rubias y enmascaradas, de estómagos atómicos y piernas tentaculares; de tarzanes elegantes, ataviados con sotanas, que más que cogerse entre sí, cohabitarían refinadamente. Y entonces apareció Demián para desparramarle la fantasía y hacerle dudar de que el swingerismo fuera tan cool.

Sentado en una mesa de la chocolatería Shaw’s -en medio de un barrio con ínfulas de exclusivo llamado Zona Rosa- , El Peregrino especulaba sobre la profundidad de la conversación que sostendría con Demián. Tenía pensado sorprenderlo con un buceo filosófico sobre los límites; generar empatía mostrándose liberal y aventajado en temas de moralidad sexual; darle confianza charlando sobre la deontología periodística. Pero sobre todas las cosas, como punto muy importante, había planeado mostrarse muy por sobre las banalidades propias de una teta redonda y firme, o de unos muslos sudorosos y gráciles. Desdeñoso con las florituras que regala pasear las manos por una cintura breve y riesgosa, o por el ángulo afilado que se dibuja apenas por sobre una fald… ¡ejem! Bueno… o sea que había decidido ponerse serio pues.

En esas cavilaciones estaba El Peregrino cuando apareció Demián con sus lentes oscuros, oteando con descaro el lugar. Era un tipo alto y robusto, que bien podría ser el protagonista de cualquier película sobre la mafia italiana. Tenía ojos claros, un corte de estilo militar y se reía, precisamente, como un gángster de cine. Algo en su risa le hizo sentir a El Peregrino que había caído en una emboscada. Demián se dejó caer pesadamente sobre la silla y se quitó los lentes mientras sonreía con desfachatez. “Ajá… ¿qué ondas?”

* * *

El Ogro camina con el aplomo de amo y señor de este territorio. Va completamente desnudo, como todo mundo a esta hora, e ignora, con pose de mayordomo, las correrías que ocurren alrededor de la casa. Sube a la segunda planta y husmea con desinterés lo que pasa en los cuartos. Afortunadamente él también es ignorado por todos, salvo una que otra caricia de rutina que le prodiga alguna de las chicas. El Ogro es un perrito muy serio y al parecer muy acostumbrado a estos eventos. Mientras el animal recorre la casa, dos tipos conversan sobre política; a su lado, sobre el pasto del jardín, cuatro mujeres se lamen las entrepiernas unas a otras, produciendo un gemido acompasado, como sería el zumbido de un panal de abejas sopranos.

* * *

Tres semanas después de haberse conocido, Demián y El Peregrino habían acordado verse de nuevo. Las reglas ahora estaban claras. Demián había acudido a su logia a consultar cuán aceptable sería la presencia de un lenguaraz en medio de una velada y ese martes llevaría la respuesta… y a su esposa, para comenzar a entrar en confianza.

Durante ese tiempo, El Peregrino dejó de hacerse ilusiones y de soñar con las modelos de Kubrick, que combinaban besos enmascarados. En cambio, en la cabeza se le aparecía Demián y su sonrisa de gato maligno. Por las noches escudriñaba Internet, buscando alguna escena swinger con apariencia real, pero sólo encontró a actrices porno con cuerpos esculpidos y gemidos ensayados. ¿Cómo sería la acompañante de Tony Soprano? ¿Cómo sería ese rebaño lujurioso, al que representaba Demián? Lo más cercano a una respuesta lo encontró en un sitio swinger de Guatemala, en un apartado de preguntas frecuentes: “Pregunta ¿Las personas serán atractivas? Respuesta: Es quizás la pregunta más frecuente y la primera que contestaremos; NO ENCONTRARÁS ESTRELLAS PORNO y eso es seguro. Es entendible que busques personas muy atractivas a tu gusto y seguramente las encontrarás; pero recuerda que en este ambiente no sólo es importante el aspecto físico, sino también la química entre las personas”.

Una madrugada, mientras El Peregrino elucubraba sobre el asunto, se dio cuenta del peligro que encerraba el sólo hecho de hacerse esa pregunta: para el editor del periódico y para tener material suficiente con el que regalar a los lectores, daba exactamente igual si la fiesta era una suma de espantos, una manada de manatíes copulando… de forma que sus inquietudes tendrían que venir de otros lados. ¿Por qué carajos había estado poniéndose de puntillas para verse la panza en aquel espejito? Aquella vez pensó que era mejor no darle más vueltas al tema y dejar que las cosas siguieran su curso.

Del primer encuentro con Demián, El Peregrino había sacado en claro esto: no existe en El Salvador ningún club, o bar, o discoteca swinger, pero sí hay una comunidad numerosa, que Demián estimó en “cientos”. De forma que se reúnen en la suite de un hotel, o en la residencia de alguno de ellos, para realizar sus veladas. Salvo raras excepciones no se admiten hombres solos, en cambio, mujeres solas sí. Cada relación deberá hacerse con protección. Que está muy mal visto el homosexualismo entre hombres y que tenía vigencia la regla universal de esta comunidad: “No significa no”. Si eres rechazado no debes preguntar por qué, o insistir, bajo ningún término.

La segunda cita tuvo lugar en “La Ola Betos”. El Peregrino llegó temprano al lugar y se instaló dos cervezas entre pecho y espalda antes de darse cuenta. Cuando prendía el tercer cigarrillo apareció Demián con su esposa y volvió a hacerse la luz en la cabeza de El Peregrino. Se trataba de una chica bajita de 29 años, que contrastaba como una caricatura con los 44 años y el cuerpo de puerta de Demián. Tenía una cara aniñada y maneras juguetonas. Miraba tras unos anteojos femeninos y llevaba una camisa rosada que le daba una apariencia inocente y dulce. Hablaba con un quejido caprichoso de lolita coqueta. El Peregrino intentó imaginarse una escena de cama con esta niña y el resultado le hizo pasar otra cerveza fría por la garganta con tragos largos y atolondrados.

“Mi señora”, dijo Demián, a modo de presentación, y sonrió con su gesto gangsteril mientras tomaban asiento. En los preludios, Demián disertó sobre el problema actual en el que las mujeres quieren ser iguales a los hombres; que en una selección de temas, el asocio de la moda con las chicas es natural… Mientras su chica celebraba cada comentario con risitas comedidas, Demián derrochaba encanto y fanfarroneaba sobre la amplitud del movimiento swinger, que se mueve por debajo del mantel y donde se supone que hay personalidades públicas y miembros de los distintos cuerpos diplomáticos. “Los hombres no prestamos tres cosas: el carro, la pistola y la mujer. Los swinger creemos en las primeras dos”. Lolita se levantó de la silla para reírse y acariciar la mano de su macho.

“Hay que tener una relación sólida y estar bien seguro para prestar a tu mujer y que te le aceiten los empaques”, explicó Demián, verificando con la mirada el efecto de su broma. “¡Y bien aceitados!”, complementó Lolita, pícara. El Peregrino se rio como pudo y encendió otro cigarrillo, mientras dentro del cuerpo se le entibiaba algo. Demián seguía hablando, pero El Peregrino tenía los ojos puestos en otro lado y por no quedarse atrás relató algunos de sus pininos. Lolita lo premió: “No nos ves como un circo. Tú interés lo vuelve más real…”. Otra cerveza, por favor.

-Todas nosotras somos bisexuales -comentó Lolita, como quien dice misa.

-¿Vos has estado con otras chicas? -preguntó El Peregrino, a sabiendas de la respuesta.

-Claaaaro. ¡Me encanta! A veces, de la pareja es solo ella la que quiere estar conmigo. La otra vez estuvimos tres niñas y…

El Peregrino entreabrió su libreta y escribió “I’m hot”, cuando sus propias ataduras terminaban de romperse y notó cómo se le encendía un motor en el pecho, que sintió ronronear con violencia. Trató de complacer descaradamente su propio morbo pidiéndole a Lolita un relato pornográfico mal disfrazado de pregunta periodística. “Dale, contame algún episodio en el que hayás estado”, pero la chica dio un brinquito dulce para salir de la trampa y no le cumplió el deseo: “Es… es muy… bonito. Tendrías que estar”, dijo, y lo miró por sobre los lentes, sonriendo de medio lado. Cazador cazado.

Demián había consultado con su comunidad la posibilidad de invitar a un periodista en funciones a sus veladas nocturnas. Muchos aceptaron. Demián dijo que convocaría el evento en su propia casa, para hacer sentir confortable al Peregrino y para que “ningún hijueputa te pueda decir nada”. Muy agradecido El Peregrino, muy agradecido. Pero…

Pagaron las cervezas, que no habían hecho más que multiplicarse durante la charla. Lolita y Demián se dirigieron una mirada cómplice y este se reacomodó en la silla. Tenían algo que preguntar: “¿Y ustedes dos participarían o no participarían?” El Peregrino no había llegado solo a la cita.

Una de las cosas que Demián había explicado en el primer encuentro es que si El Peregrino llegaba acompañado le sería más fácil socializar, pasar inadvertido, entrar. El Peregrino pensó que sería una retranca imposible: ¿De dónde carajos iba a sacar -sin pagar- a una chica que accediera a asistir a una orgía llena de desconocidos? Sin embargo, en una semana, tres salvadoreñas se habían anotado con entusiasmo al evento, después de que dos europeas lo rechazaran con asco. El problema fue más bien elegir. La primera posibilidad era una chica menuda, guapa y lista, que había dado pruebas de no hacerle el feo a una cama interesante… pero que era capaz de mandar al cuerno, sin muchas maneras, al primero que le regalara una bromita tonta. El Peregrino pensó en las ocurrencias de Demián y se lo imaginó como un buen candidato a víctima. No quería eso.

La segunda opción era una chica alta y flaca, que también había dado pruebas suficientes de tener apertura, bastante apertura, mucha apertura… ¡demasiada apertura! Si se trataba de pasar más o menos inadvertido no era opción soltar una fiera dentro de la casa de Demián. No. La tercera opción era amiga desde hacía varios años y El Peregrino sabía que le gustaba pensarse a sí misma como una chica mala, como una femme fatale, y eso era una ventaja. También sabía que no lo era, y eso también era una ventaja. Al contrario de las otras dos opciones, esta era unos años mayor que él y combinaba el arrojo con la mesura; además de tener unos ojos risueños. Sería ella. En este relato, la llamaremos Marvel.

… “¿Y ustedes dos participarían o no participarían?” El Peregrino volvió a ver a Marvel, para descargarla de responsabilidad, se asumió como el vocero de la pareja y pronunció una respuesta digna del presidente de la República: “No lo descarto… no niego que la idea me da morbo… pero no quisiera comprometerme”. “A mí también me da morbo”, sazonó Marvel. Demián y Lolita se dieron por satisfechos y ella zanjó el asunto gimiendo entre dientes: “Deberían”.

* * *

9 de la noche. Por las dudas El Peregrino se dio una ducha, se cambió los calzoncillos y se puso unos negros ajustados, marca Zara, que habían sido un regalo navideño. Dio un par de brincos más frente al espejito y respiró hondo. Había dentro de su estómago una piedra que crecía con cada vuelta de reloj. ¿Por qué? ¿Por qué?

Marvel estaba en una cena con compañeros de trabajo y no podría escaparse sino pasadas las 10. El Peregrino pasó por el supermercado comprando una botella de vino tinto, unos cigarros, mentas y un paquete de preservativos. Demián llamó: “Te estamos esperando”. La piedra en el estómago y la actitud de rockstar: “Al suave, ahora vamos para allá”. Condujo hasta el centro comercial y esperó a Marvel hasta las 10:13. Mientras esperaba, algo le comenzó a burbujear en la cabeza. ¡Pop! Una pregunta: “¿Me pasé esta vez?” Silencio. ¡Pop! Otra pregunta: “¿Pierdo mi credibilidad por un artículo lúdico?” Silencio. Cuando Marvel subió al carro venía medio borracha y con la chispa revoloteándole en la cabeza. “A propósito -anunció de entrada-, yo no pienso hacer nada en ese lugar. En todo caso lo haría con vos”, y siguió hablando sin parar de su cena laboral durante la siguiente media hora de camino, mientras El Peregrino sentía el peso de su piedra y de sus preguntas en el fondo, muy al fondo del estómago.

La casa de Demián queda en las afueras de San Salvador y está construida sobre una quinta inmensa que, aparentemente, fue lotificada hace poco. No es del tipo de lugares en los que uno pasa por casualidad. Incluso teniendo la intención de llegar, el visitante tendrá que sortear un enredado acertijo de calles serpenteantes y de giros. En la pluma, un vigilante pedirá una identificación y echará una mirada al interior del vehículo antes de dejar pasar. La casa de Demián está en el último pasaje y no tiene vecinos…

Demián estaba en la acera, para darles la bienvenida y al abrir la puerta se escapó El Ogro, que se acercó para olfatear a los visitantes. Demián llevaba el pelo mojado con su propio sudor y era obvio que tenía más de un trago adentro. Saludó con cortesía a Marvel y le hizo alguna broma al Peregrino sobre un negro que aguardaría detrás de la puerta. El Peregrino sonrió de forma automática e intentó no pensar en lo que podía haber pasado a lo largo de las tres horas que tenía la fiesta de haber comenzado. Demián abrió la puerta y los hizo pasar. En medio de sus piernas, El Ogro regresó al hogar.

Se trata de una casa amplia de dos plantas y un jardín espacioso. Con muebles modernos y una decoración intencionada. Unas 20 personas estaban repartidas entre el jardín y la cocina. En el muro del jardín se proyectaba un concierto de los Kumbia Kings. El local estaba iluminado por unas antorchas y era obvio que en un pasado reciente hubo comida sobre las mesas que estaban fuera. Una chica morena de piernas largas bailaba en una tanga negra. Era la única a la que le faltaban prendas y la única a la que El Peregrino reconoció enseguida. Habían sido compañeros en un colegio jesuita y ahora bailaba con sus fabulosas piernas desnudas en el jardín de Demián. El Peregrino intentó buscar humor en el hecho, para espantar el susto que andaba encima: “¡Ja!, solo falta que aparezca ahora el padre Ibáñez bailando con ella”, y se imaginó al anciano profesor de formación cristiana haciendo maromas. Por poco se le hace realidad la pensada: sentados en unas sillas plásticas conversaban el doctor y su esposa, muy acaramelados. Una pareja de gente mayor, con pintas de gente aún mayor. Demián presentó en sociedad al Peregrino y a Marvel, haciendo una advertencia colectiva: “Trátenlos bien, que están de kinder” y ambos se sentaron al lado del doctor y su esposa.

La mujer del doctor debería aparecer en el diccionario a la par de la palabra “señora”. Así, sin adjetivos, sin matices. Es como el recuerdo que de niños tenemos todos sobre alguna vecina: cachetes regordetes y caídos, un peinado difícil de ubicar en el tiempo, una ropa imposible de recordar -posiblemente un pantalón de vestir y una camisa floreada- y, por supuesto, una conversación inicial sobre hijos: una de sus hijas, aseguró, estudiaba en el extranjero y el otro resultaba que era bla, bla, bla… El doctor llevaba un pantalón negro y una camisa de color suave. Acompañaba en la conversación a su esposa, como si estuvieran en una fiesta de trabajo. Tienen 21 años de casados y 17 de estar en el ambiente. Él aseguró tener 46 años y El Peregrino silbó en sus adentros. No les echaba a ninguno de ellos menos de 50 tacos.

Una rubia menudita, de grandes pechos y microfalda; un señor de lentes y su esposa inmensa; otras tres mujeres difíciles de recordar; tres tipos que fumaban y hacían bromas; el esposo de la ex compañera de colegio de El Peregrino, unas cuantas sombras más y… Lolita, la esposa de Demián, que bailaba con otras chicas al son de los Kumbia Kings. De inmediato, El Peregrino se colocó con el grupo de los fumadores y quiso poner una pose casual… ¿Pero cómo se hace eso en estas condiciones? “Hola, buena orgía ¿verdad?”; “¿Hola, y tú ya pasaste por la piedra a las mujeres de estos otros dos?”… No, nada de eso funcionaría. Por suerte fueron ellos los que comenzaron a hablar. “Mirá, este es un ambiente de respeto, de amistad…” El doctor había mandado al cuerno su camisa de color suave y bailaba con el pecho desnudo con las chicas, mientras su mujer sostenía una profunda conversación con Marvel. El Peregrino se fue relajando al ver a su amiga en un espacio seguro. “Vos seguí hablando -se decía a sí mismo-, vas bien, que no se note que estás aquí, derrochá encanto, hacete el loco…”, cuando apareció Demián y su vozarrón de acantilado, repitiendo a gritos la broma del negro. Marvel se levantó y fue al baño. Al cabo de varios minutos regresó y comentó en tono de espía al oído de El Peregrino: “Fui a tomar notas en tu libreta”.

A medida que pasaba el tiempo, iba apareciendo más piel. Pasadas las 11, a todos les faltaba al menos la camisa. Todos menos El Peregrino y Marvel, que hacían su mejor esfuerzo por dilatar las conversaciones doctas. Él, por ejemplo, sostenía una fingidísima conversación con el señor de lentes y esposa inmensa, sobre un reportaje aparecido en su periódico días atrás. Una de las tres chicas difíciles de recordar se abalanzó de pronto sobre las tetas de la mujer inmensa y esta agradeció la caricia abriendo la boca y mirando al cielo. Mientras lamía a conciencia los pezones de la mujer, extendió la mano y acarició uno de los pechos de Marvel, que se sonrió nerviosa. “¿Puedo tocarte?” -preguntó-. “Mmm, sí”, contestó Marvel, buscando con los ojos a El Peregrino. Silencio. Todos notaron la caricia y esperaron la reacción de ella, que interpretarían como anuncio del talante con que la pareja de invitados afrontaría la noche. La chica seguía en lo suyo, arrodillada sobre el pasto y buscando con la mano derecha el seno de Marvel. Esta miraba divertida la mano de la otra, como si tuviera un animalillo gracioso sobre la blusa, hasta que el animalillo comenzó a deslizarse por debajo de su camisa, buscando el sostén. “Eh… eh… por sobre la camisa nada más…”, pidió. Y el animalillo dio marcha atrás, conjurado por la voz de Marvel.

A la chica X -cualquiera de las tres- que estaba arrodillada en el pasto, lamiendo los pechos de otra mujer, se sumó otra -desnuda- que se arrodilló detrás de esta, y metió su cara entre las nalgas de la chica; luego acudió otra a hacer exactamente lo mismo con la última de la cola. Una cuarta se sumó minutos después y complementó una especie de trenecito zumbador y oscilante. Un zumbido de abejas salía de aquel grupo. El Peregrino intentaba hasta el borde de lo humano sostener una conversación sobre política con el tipo de las gafas (cuya mujer daba origen a la formación de chicas), hasta que el tipo notó el problema: “Dale, mirá esto, que supongo que de política ya hablás bastante”… El Peregrino apenas oyó las últimas palabras.

Comenzaba a hacerse un círculo de personas alrededor de las cuatro mujeres y a El Peregrino no le hizo gracia quedar en medio de todos. Se levantó a llenar su copa de vino y de regreso pasó lo que temía. La rubia de la microfalda se le acercó como una gatita a sobarle el pecho y a ronronearle en la oreja: “¿Y por qué anda tan vestido?” Tenía dedos ágiles la niña esta. Antes de que a El Peregrino se le ocurriera una respuesta lúcida, ya tenía desabrochada la camisa. En su ayuda acudieron la ex compañera de colegio, que seguía vistiendo una tanga negra y una ligera camiseta del mismo color- y Lolita, que para entonces se había disfrazado de fantasía sexual kitsch: llevaba un vestidito rosa y blanco de encajes, miniatura, y un liguero rosa en la pierna derecha. También llevaba zapatos de tacón alto, negros. “¡Y nosotros no nos habíamos ni acercado, porque lo mirábamos tan serio!”, protestaron las dos, rodeando a El Peregrino. La rubia de la microfalda sonrió e ignoró a la competencia mientras su mano intentaba desarmar a su segunda presa. “Este… con calma, con calma, que soy nuevo en esto”, alcanzó a pronunciar El Peregrino, sintiéndose más parecido a aquel karateca de su juventud, que a Mick Jagger. No es no. Las tres chicas abandonaron la ronda y se retiraron, lanzándole a El Peregrino miradas felinas. En el centro del círculo que se había formado antes, una tipa embestía a otra, usando un arnés con un falo plástico.

A los Kumbia Kings les siguió Luis Enrique o algún otro salsero no identificado. El concierto proyectado en el muro ahora era ignorado por todo mundo, menos por el trío de chicas jóvenes que antes habían amedrentado a El Peregrino, que subieron a la segunda planta a colocar una nueva selección musical. El Peregrino las siguió con la vista mientras subían, juguetonas, las escaleras, y le pidió a Demián algo fuerte para beber. Entonces apareció el esposo de la ex compañera de colegio: “Esto al principio cuesta… ver a tu mujer con otro, pero te ayuda el ambiente”. La mayoría de ellos creen que este tipo de fiestecillas ayuda a mantener una relación bien lubricada y viva. Por eso había aceptado estar en el evento, porque quería que su estilo de vida se conociera. “¿No te ha dado morbo?”, preguntó el esposo de la ex compañera de colegio, y El Peregrino tomó la decisión de subir las escaleras a ver qué pasaba.

En la segunda planta había una segunda salita acogedora y bien montada, con un televisor de plasma inmenso, conectado a un sistema de sonido envolvente. Una minisala de cine. Uno de los cuartos de la segunda planta sirve de oficina. Desde ahí se puede ver el jardín y desde ahí disparaba las imágenes un proyector digital conectado a una computadora. Ahí encontró El Peregrino a Lolita y a su ex compañera de colegio, besándose y discutiendo sobre el próximo disco que sonaría y es muy probable que la pregunta que formuló pase a la historia como una de las más estúpidas de todos los tiempos: “Ejem… ¿y ustedes qué están haciendo aquí?” Afortunadamente las chicas pasaron por alto la tontería y retomaron la conversación anterior. Ahora la ex compañera de colegio se había sacado la camiseta y llevaba puesta únicamente la tanga negra. Se acercaron las dos, haciendo con la cintura el movimiento que hace el mar cuando está calmo. Combinaban besos cuando El Peregrino perdió la camisa y las chicas jugaron a lamer el tatuaje que había en su torso. Alguien tocó la puerta del estudio. Era la rubia de la microfalda que sonrió al ver la composición. Cuando ella entró al cuarto, sobre el muro del jardín Luis Miguel cantaba para un público que ya no lo escuchaba…

El Peregrino recuperó su camisa aproximadamente media hora después. “¡Coño!… ¡Marvel!”, pensó -cuando pudo, al fin, pensar- y bajó las gradas corriendo. La encontró sola en el jardín, hablando por teléfono y pidiendo auxilio a alguien. Todos los tipos de la fiesta habían desfilado para hacerle alguna propuesta y ella se escudaba en la libreta, llenándola de tinta roja por todos los lados, hasta que ya no quedó ninguno que rechazar y se quedó sola en el jardín. El Peregrino la convenció de quedarse un poco más. Se sirvieron un trago largo para compartir y pasaron a la sala donde había una especie de “hora social”.

La esposa del doctor buscaba por toda la casa su ropa interior de señora, mientras se sobaba la entrepierna. El doctor llevaba el celular enganchado de los calzoncillos, que tenía por única prenda, junto con los calcetines. Examinaba con gesto de médico el falo de plástico, y lo embadurnaba con lubricante, dando consejos sobre su uso. Una chica se ató el arnés a la cintura y recorrió la casa ofreciendo amor. Demián bajó las gradas desnudo, farfullando bromas contra todo mundo. Marvel tomaba notas como loca, sentada en la barra de la cocina y llamaba la atención de El Peregrino, cuando había un detalle que le parecía importante: “Mirá eso”, decía, señalando al San Antonio de madera. “Escuchá esto”, y tocaba el hombro de El Peregrino cuando una conversación le parecía imperdible. “Perdiste la objetividad”, lo regañó, y él le dio un beso, agradecido.

Poco a poco la actividad se fue concentrando en la sala: tendidos en varios sofás, desnudas y cansadas, una veintena de personas conversaban como amigos: señoras bien señoras, junto a una morena de piernas largas y un doctor con el teléfono enganchado a los calzones; una señora inmensa y su esposo de lentes, que llevaba sus cigarrillos en los calcetines, una nena vestida de fantasía sexual rosa… un periodista y su acompañante. De pronto todo pareció normal y conocido, todo pareció una fiesta más y El Peregrino tuvo ganas de estar ahí mucho tiempo, de no ser un periodista, sino de ser parte de esta cofradía de la que ahora era miembro postizo.

El Peregrino salió de aquella casa antes de las 4 de la madrugada y se despidió de todos con un profundo abrazo. Unos pocos se quedaron conviviendo y terminando las botellas y masticando historias. Son un grupo de amigos. Cuando salían de aquel lugar, Marvel puso su tono de niña caprichosa y se relamió el ego: “No sé por qué me da pena quitarme la ropa, si tengo mejor cuerpo que ellas”, dijo, y le negó un beso de despedida a El Peregrino.

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“Toc, toc, toc”, sonó el celular, anunciando que había llegado un mensaje. Era de Demián: “Ayer nuestra casa se vistió de cariño y obtuvo lo más precioso que existe en la vida, la amistad. Esperamos la hayan pasado bien. F: Lolita, Demián y El Ogro”. El Peregrino se sonrió, con la cabeza aún llena de espasmos y siguió buscando en el Diccionario de la Real Academia Española un buen seudónimo con el que no sentirse tan desnudo.